sábado, 22 de octubre de 2011

El reflejo de un monstruo

Confundido en una tormenta de imágenes una mente desesperada buscaba algún sentido, sus recuerdos se habían unido en el horizonte con las sombras difusas, su único tesoro se perdía entre cosas irreales. Alquel rincón donde se escondía se hacía más y más pequeño, contemplaba su espada con la mirada perdida en el vacío siguiendo las ondas de destellos que se formaban al reflejarse la luz.

Su imagen difusa en la superficie de la espada revelaba un rostro torcido, un monstruo oculto entre las sombras cuya mirada acechaba, su corazón latía a prisa por esa mirada que convertía en piedra, aunque fuera la suya propia ya no podía reconocerla.

Se había convertido en una fiera que era manejada a placer por un amo que jugaba con su locura, era una bestia que enviaban a destruir enemigos o a pelear por diversión. Habitaba una pequeña casa donde creía estar libre, recibía cuidados como de quien cuida a sus perros para luego ser llevado a una arena imaginaria en donde se le presentaba a un enemigo al que debía destruir.

Con su locura había aumentado su fama, a veces luchaba solo y otras a la cabeza de un pequeño ejército por la única paga de poder callar las voces con sangre y gozar así de unos momentos de paz. Era manejado con astucia por un amo tirano que no lo aprisionaba con cadenas sino más bien con sangre, sangre que formaba parte de un círculo vicioso que lo hacía cada vez menos humano.

Fué dirigido al campo de batalla, frente a él habían cientos de soldados, a sus espaldas uno pocos, las espadas se desenfundaron mientras él caminaba entre la muerte, apacible y sin ningún sobresalto. Súbitamente la luz brotó de su mano, el destello de muerte relampagueó sobre todo lo que a su paso se interponía, doblando las rodillas de sus enemigos. El silencio, grato silencio! su corazón estaba en paz mientras destruía, su ira desencadenada adormecía sus sentidos ocultando a sus recuerdos bajo esa lluvia de sangre, luego tranquilidad; todo había terminado.

A su paso gran cantidad de guerreros se encontraban destruidos, nada podía oponerse a ese inmenso poder contenido en un cuerpo que solo buscaba huir de sus voces. Pero junto con esos guerreros estaba un pueblo entero, niños, ancianos, mujeres. Su corazón se llenó de un gran vacío, una lágrima cruzó su rostro lentamente hasta detenerse en sus labios que formaban una curva, esa curva era una sonrisa producto de ese efímero alivio, un suspiro que le concedía ese momento de ira.

Su amo sonrió al ver la tarea encomendada concluida.

En un lugar lejano un Ser de luz frunció su ceño, extendió su brazo derecho hacia una estrella que se acercó y tomó forma humana. El samurai había pactado su próxima batalla...

Esclavo por libertad

Fué criado con amor, vivió en el mundo de ilusiones de muchos niños pensando en hoy y no en mañana, con fantasías y juegos que imitaban la realidad de sus padres, con el deseo de ser fuerte e inmortalizar la imagen de aquellos que admiraba.

Vió a la figura indestructible de su padre caer vencido y a aquellos que tanto amó desaparecer, la ira lo obligó a alimentar a ese fuego con sus sueños para hacerlo caminar, a hacer de sus ilusiones relleno para sus heridas. Nunca sería vencido aunque tuviera que estar solo, nunca sería vencido hasta encontrar lo que perdió, no habrá paz ni quietud hasta que no quede nada en pie, la lluvia roja no cesa, no cesa detrás del destello de muerte haciendo correr un mar que ahoga pero que no lo mata del todo.

Un monstruo de mil cabezas que como en la Medusa serpentean a su alrededor, mil fantasmas que lo asfixian y que trata de callar, mil rostros que desaparecen solo a la luz de su espada para luego regresar con uno más.
Talvez debió morir, a veces el poder divino se equivoca y concede sin querer demasiada fuerza al tratar de destruir...

El samurai llevó su mano derecha a la empuñadura de la espada y las voces cesaron, un breve silencio y el brillo de muerte apareció. Cada latir de su corazón y un relámpago rompía en lluvia tibia y roja. Un breve minuto de inconciencia en donde el tormento cesaba, una droga que calmaba su dolor.

El último que quedaba en pie suplicó por su vida -le pedirías a una piedra que deje de ser piedra?-, una lijera sonrisa se dibujó en su rostro y el frio metal cruzó el aire como la luz. Todo quedó en penumbras y el samurai calló de rodillas, su respiración estaba agitada y su corazón latía con fuerza, saboreó con placer esos escasos momentos antes de que las voces y los mil rostros regresaran.

Un hombre que lo miraba de lejos sonrió agradeciendo al todopoderoso por haberle entregado un arma invencible que no requería más paga que esos minutos de paz después de la muerte.

El samurai cayó prisionero en su búsqueda de la libertad.

El mismo mundo

Con cada corte de su espada destruía parte de éste mundo tratando de hacer uno nuevo, de sus recuerdos alimentaba esa hoguera que lo mantenía con vida sumido en esa penumbra de confusión y desesperanza. Esos recuerdos que con piedad pero a la vez crueldad prolongaban su agonía en un mundo que lo miraba como a un monstruo, con temor y odio.

Nadie podía comprender que energía movía a ese cuerpo, qué imagen llenaba el vacío de sus ojos, qué hoguera encendía su espada con destellos de ira y desesperación. Nadie en éste mundo podía entenderlo, nadie en éste mundo podía oponerse a su eterno caminar...

El cuerpo cayó pesadamente al suelo mientras el samurai continuaba con sus brazos extendidos sosteniendo su espada y un pie al frente, la hoja emitía un pálido resplandor teñido por la sangre bajo la oscuridad invadida por la luz de la luna. El oponente cayó vencido sin presentar gran resistencia, algunas veces -como ésta- su espada se rompían al paso del brillo de muerte, nada se oponía a la ira convertida en metal.

El samurai observó el cielo, nada había cambiado, la misma luna y las mismas estrellas, nada cambió era el mismo mundo que fue antes de acabar con aquella vida, solamente había agregado un rostro más a sus recuerdos. Observó con lentitud la hoja de su espada, sería posible que estuviese equivocado?

Había olvidado aquello elemental que todo hombre hace involuntariamente al comenzar el día, aquello que mueve a un alma a caminar hasta el fin de sus días a pesar de las dificultades. Aquello que es tan necesario como el aire, el sol y el agua...
Había olvidado la esperanza que da el buscar la felicidad.

El samurai enfundó su espada rápidamente, observó con arrogancia al cuerpo que yacía a sus pies y sonrió. El no estaba equivocado, su ceguera era tal que ni el resplandor del sol sería suficiente para hacerlo creer lo contrario. Su espada cambiaría el mundo, esa espada cambiaría su mundo, solo de esa forma podría ser.

El samurai continuó su camino.

El Angel de la muerte

Un relámpago cruzó el aire en medio de un leve zumbido, la primera flecha traspasó su pecho cambiando el color del aire a rojo, la segunda flecha desviada por la espada y la tercera cayó rota junto con el arco del oponente y uno de sus brazos. El rostro deformado por una mueca de espanto emanó sangre por su boca mientras que la espada traspasaba lentamente su cuello girando circularmente, el samurai lo hizo por un costado para no producirle una muerte rápida.

Con el enemigo agonizante a su lado envainó su espada lentamente, mucha sangre cubría sus ropas y ésta vez si era la propia, tosió con dificultad por el dolor mientras todo a su alrededor se ensombrecía y se diluía en un mar de oscuridad y confusión. Un agudo chillido le hacía imposible escuchar y el dolor lo obligaba a respirar entrecortadamente.

El samurai se arrodilló en la misma posición que adoptaba para meditar y esperó la muerte, sus pensamientos empezaron a divagar hasta encontrar alojo en sus recuerdos, el campo verde, el niño jugando, el olor del pasto y de la brisa fresca. Su padre practicaba con la espada cerca y él a ratos lo observaba, tanta dedicación y entrega, él había escogido ese camino hace muchos años y el niño soñaba con tomarlo algún día también. Su madre y esa mirada tierna, llena de orgullo, sus hermanos siempre jugando, las flores del cerezo cayendo lentamente formaban una alfombra rosa...

El ángel de la muerte abrió sus alas y lo miró con misericordia, extendió su mano que irradiaba una luz dorada y la ofreció al samurai que agonizaba, éste extendió la suya ensangrentada y tomó aquella mano tibia y celestial.

Se puso en pié mientras aquella sensación de paz inundaba su cuerpo, ya no había más dolor ni más tormento, su camino llegaba al final, pronto se encontraría con aquellos que lo esperaban desde hace mucho tiempo. Su cuerpo se fue tornando translúcido y poco a poco se apartaba de sus ropas y su espada, el ángel le mostró el camino, el sendero cubierto por las flores del cerezo empezaba a ser más visible.

De repente el samurai interrumpió su marcha, el ángel se detuvo también, algo anclaba a aquel espíritu con fuerza al mundo de los vivos. La mano izquierda aún sostenía la espada y se negaba a soltarla. El samurai frunció el ceño y gritó con todas sus fuerzas SOY UN GUERRERO Y ESCOGÍ MI CAMINO!! sus ojos se encontraron repentinamente con los de su padre quien lo miró con tristeza.

Su mano derecha soltó la del ángel bruscamente y la llevó a su pecho arrancando violentamente la flecha que lo atravesaba, en el momento que lo hizo la visión desapareció y solo quedó en la oscuridad de la noche que lo envolvía. Un grito de dolor traspasó el silencio.

Sus ojos se abrieron lentamente cuando ya los primeros rayos del sol aparecían, su cuerpo ardía en fiebre y el dolor lo recorría por completo. Se puso en pié con dificultad e inició su camino.

Su padre que lo observaba desde el mundo en donde el tiempo ya no existe comentó con sus palabras sabias y pausadas: cada quién escoge su camino y no hay fuerza natural que haga a un hombre apartarse de él mientras su voluntad no se lo exija.

Un verdadero guerrero

Su mirada vacía, el semblante lívido e inexpresivo, su cuerpo relajado y en una actitud pasiva.

Un mar de recuerdos inundaban su mente cual torrente de agua fría refrescaban su corazón.
Una mañana cuando caminaba por el bosque con su padre escucharon un gemido que provenía de unos arbustos, caminaron sigilosamente hasta llegar al lugar de donde provenía el lamento.

El niño se sorprendió al ver a un oso atrapado por una de sus patas delanteras en una trampa, las púas se habían incrustado en la carne hasta desaparecer, el metal y la desesperación del animal por liberarse habían destrozado su pata casi por completo, el hueso era visible y despedía un olor penetrante.

Del poderoso animal solo quedaba un despojo de piel que apenas cubría los huesos, parecía tener bastante tiempo de estar atrapado y la vida ya casi lo abandonaba. El niño en un intento natural trató de prestar auxilio al animal y se aproximó al oso moribundo, su padre le dijo: cuidado, pero el niño continuó. El animal se levantó de su lecho de muerte y rugió con furia atacando al niño que se aproximaba, probablemente hubiera logrado su cometido si no fuera por la cadena que sujetaba la trampa al suelo y por la rápida reacción de su padre que lo apartó del animal.

El niño asombrado por aquella inesperada reacción del animal preguntó: por qué? su padre y su voz pausada que siempre sacaba una conclusión respondió: porque es un verdadero guerrero. El espíritu de un guerrero debe de ser como el de un oso, fuerte, inquebrantable, inmune al dolor; un verdadero guerrero nunca suplicará por su vida ni pedirá una muerte rápida y sin sufrimiento, un verdadero guerrero muere con su orgullo intacto aunque su cuerpo esté destrozado.

El samurai se acercó al animal e hizo una reverencia, el oso se levantó en sus patas traseras pero no ruigió ni demostró agresividad alguna, un destello salió de su cintura y acabó rápidamente con la vida del animal. El niño dejó escapar una lágrima pero la limpió rápidamente al darse cuenta de que su padre lo observaba, su padre concluyó: un guerrero se permite conmover ante el orgullo y la valentía que son la máxima manifestación del espíritu de un samurai; puedes llorar si quieres...

La visión del pasado se desvaneció poco a poco en el aire cargado de ese olor a óxido que despide la sangre, frente al samurai estaba un hombre herido profundamente en el vientre y uno de sus brazos, segundos antes se habían enfrentado y ya todo parecía estar concluido.

El hombre de rodillas, frunció el ceño y apretó con todas sus fuerzas la empuñadura de su espada, estaba dispuesto a resistir con la última gota de sangre el nuevo ataque de su rival. El samurai hizo una pequeña reverencia y sonrió levemente por la satisfacción de haberse enfrentado a un verdadero guerrero. El brillo mortal cruzó el aire cortando en dos partes aquel cuerpo pero dejando intacto su orgullo.

Esta vez ninguna lágrima brotó de sus ojos, aquel vacío absorbió cualquiera que pudiera escapar, solo deseó poder encontrar algún día la paz manteniendo su orgullo intacto.

lunes, 30 de agosto de 2010

Danza de muerte

Extendió sus alas y dirigió su mirada al horizonte, el cielo era de un tono azul impresionante y las nubes como sueños de algodón blanco se juntaban con el azul infinito. La brisa fría y refrescante golpeaba suavemente su rostro y esa sensación de paz podía llenar un mar entero.

Los tonos dorados como finos hilos de oro atravesaban su cuerpo viniendo desde el azul y finalizando en los copos blancos, aquella escena celestial era como aquel beso soñado a esa persona que se creyó perdida, era como el reencuentro de un alma que se mantuvo en fuga y que regresó por fin a la calidez de su hogar.

Felicidad, que extraño sentimiento que da esos tonos dorados, por más que se busca el temor y la desesperanza no pueden superar el azul de ese cielo y el blanco de esa paz. Esa luz brillante en el horizonte ciega la mirada pero no produce dolor, es una luz que da calor y que genera una increíble compasión.

A lo lejos se divisan unas figuras humanas, las alas se agitan más fuerte y más fuerte aumentando la velocidad, la luz se hace cada vez más brillante y la brisa más fresca, el azul intenso se comienza a mezclar con el blanco perfecto haciendo sobresalir cada vez más esas imágenes.

El corazón late con fuerza, con una emoción ya olvidada, las imágenes poco a poco van tomando más forma y parecen ser conocidas: un hombre y una mujer adultos, dos niños y...y tu. La otra figura era una mujer joven, era ella.

El corazón parecía salirse del pecho, estaban a pocos metros. Mi padre, mi madre, mis hermanos y tu. De repente un pequeño dolor empezó al costado pero no era importante, las alas se detuvieron y caminó lentamente, el rostro de su madre y sus hermanos era triste y suplicante, su padre lo miraba con compasión y su ceño estaba fruncido y la mujer joven lloraba con aquellos ojos tristes y serenos. El extendió sus brazos mientras ellos lentamente fueron girando hasta darle la espalda por completo y emprendieron la marcha.

El dolor se hizo más intenso y un grito desgarrador traspasó el silencio, el suelo se tornó rojo y el cielo gris oscuro, sus alas cayeron desapareciendo en el aire, las imágenes se fueron poco a poco desvaneciendo, el samurai los llamó con desesperación y sus manos se cerraron desesperadamente como hojas de papel al arrugarse en el fuego. En la cintura de su padre estaba la vaina más no la espada... las imágenes desaparecieron del todo.

El suelo estaba cubierto de sangre y cuerpos, su cara teñida de muerte, el cuerpo aún tembloroso y agitado cayó de rodillas. Una espada rota traspasaba su costado derecho, el samurai tomó ese pedazo de metal y lo arrancó de su cuerpo con furia. El grito de una animal herido recorrió la distancia, sus compañeros atemorizados dieron un paso atrás y levantaron sus espadas en señal de triunfo más nadie se acercó al samurai, temían a su estado de trance y a aquella conocida locura que cada vez era más frecuente y evidente, pero qué importaba? cada vez parecía ser más fuerte e invencible.

El samurai tomó su espada y mirando al cielo la ofreció al vacío, y mientras lloraba dijo en voz baja: padre, mi amado padre, éste metal es cada vez más pesado y ésta carga cada vez más insoportable. Una brisa suave recorrió la espada hasta tocar su mano, el samurai se puso en pie y secó sus lágrimas.

Aquella danza de muerte le daba cada vez más poder y lo intoxicaba con visiones que lo alejaban momentáneamente de su dolor solo para entregarlo más a esa ingrata desesperanza.

Visiones

La luz del sol empezaba poco a poco a invadir la pequeña estancia, ahuyentando a los tonos grises y al frío que la envolvía.

En su lecho el samurai contemplaba una vez más la luz del día, aferrado a su espada como cristiano que agobiado y atormentado se aferra a su crucifijo. No podría decir que tenía miedo, ese era un sentimiento exclusivo de aquellos que se aferraban de alguna forma a la vida, solo podía sentirlo aquel que tenía alguna ilusión o misión, aquel que guardaba alguna esperanza. Más bien su ira era tal que no podía manifestarse de otra forma, necesitaba de ese frío metal oculto en una vaina como aquella planta del desierto necesitaba de una gota de rocío en un inmenso mar de sequía.

Sus noches eran largas ya que casi no dormía, sus ojos afiebrados ven fantasmas, esos cientos de rostros que nunca lo dejan en paz. Sólo esa espada lo mantenía con vida, de alguna extraña forma lo ataba a sus recuerdos que por breves momentos lo apartaban de la realidad, era en esos instantes cuando su cuerpo lastimado descansaba.

Desenvainó un poco su espada como para comprobar que aún seguía ahí, los ojos se tropezaron con su propio reflejo en aquel oscuro y lustroso metal. Un escalofrío recorrió su cuerpo, aquellos ojos no eran distintos a los muchos que su espada apagó, por un momento sintió miedo de aquella mirada fiera que al igual que la Medusa quedaba destruida con su propio reflejo, miedo a tener que enfrentar algún día al mortal destello que lo liberaría de su condena, miedo de enfrentar talvez algún día a la vida sin tener que acabar con otra.

Miedo...qué extraño sentirse aferrado a algo, sentir calidez humana.

La espada volvió a ocultarse y el samurai se puso rápidamente en pie, la dejó en un rincón y abrió la puerta. El sol inundó la estancia con una claridad que ya no recordaba, el viento era cálido y con aroma, todo parecía tener nuevos colores. Salió, respiró profundamente, caminó unos cuantos pasos y sonrió, de repente todo se ensombreció de nuevo, corrió al interior de la estancia y levantó con prisa su espada sintiendo inmediatamente como el poder de esa droga le invadía el cuerpo de nuevo, una droga que lo hacía ir muriendo poco a poco para mantenerse con vida.

Esta es otra de esas visiones del pasado, el recuerdo de cosas que ya no existen, todo aquello que amó ya esta muerto y el mundo que habita es otro. El samurai no se permitió soñar...